sábado, 8 de octubre de 2011

1 de Enero del 2008

Otra vez me siento sola. ¿Qué es lo que pretende la gente de mi? Ultimamente me siento alejada del mundo, siento como si la vida fuese demasiado rápido y yo estuviese en medio sin poder moverme, sin poder decidir.

¿Cómo he llegado hasta aquí? Siempre había querido ir a la universidad y ahora siento que la universidad es el único refugio que tengo. Estar en vacaciones hace que piense seriamente que mi hogar no es mi casa, ni mis amigos.. Sólo esa puta aula.

Hoy no tengo un buen día. Quizás sea por eso que vimos antes de que empezasen las vacaciones, lo del Romanticismo. Sí, puede que esté un poco romántica. No paro de mirar por la ventana y pienso ¿Podría volar? Puff otra vez divagando sobre mis alas..

Estuve tocando el piano. Hoy me cuesta organizar mis ideas. Las notas se corrían entre mis dedos, una tras otra una tras otra.. y esa melodía es la única que me acerca a mí misma. Mi madre me ha regalado nuevos libros de partituras.. Menuda noche la de ayer.. solas las dos. Desde lo de papá no levanta cabeza ¿Quién está más preocupada ella o yo? Sé que es mi madre pero a veces me gustaría poder ser yo la que la cuidase. Ella realmente solo me tiene a mi..

Me acaba de llegar un mensaje de Marcos, ultimamente me agobia un poco. Le dije a Raquel que necesitaba espacio y no se como se enteró ¿Porqué cuando le dices a alguien que necesitas espacio consigues que te atosigue cada vez más? El mensaje dice que quiere verme.. Yo no estoy para eso, ni para primer beso del año ni para el primer polvo del año ni para primer nada con él. Pensé en dejarlo la semana pasada, pero eso sería contraproducente.. Prefiero seguir así. Ahora me venían bien las alas de las que siempre hablo

En un rato voy a volver al piano. Escribir y tocar escribir y tocar. Mamá está viendo la televisión y dentro de poco debería acompañarla... Seguramente hoy sea una continuación de su tristeza de ayer...

Eso, que me voy a tocar el piano.

A veces se necesitan alas para volar!

domingo, 12 de junio de 2011

II. 1 de Enero del 2008

Sonó el despertador como cada mañana y como cada mañana Miguel abrió los ojos con un único pensamiento en su cabeza "menos mal que la semana universitaria acaba el jueves". El piso de Miguel permanecía siempre en un estado entre el orden y el caos más absoluto. Su cuarto, por ejemplo, era un ejemplo claro de esto último: ropa esparcida por el suelo, diversos libros, refrescos vacíos y un sin fin de objetos cuyo sitio, ante los ojos de la gente, no debería ser el suelo. Sin embargo, la sala-estudio dónde pasaba las horas leyendo, viendo la televisión o corrigiendo exámenes se encontraba siempre cuidadosamente organizado, con sus estantes repletos de libros rodeando la sala y todos aquellos cuadros que su madre había pintado cuando era joven.

Se levantó de la cama y se arrastró hacia el cuarto de baño. Dejó que el agua de la ducha recorriese su cuerpo mientras cerraba los ojos y se concentraba en disfrutar de aquel instante, la ducha era un momento para él, donde los problemas se desvanecían y dejaban lugar a la imaginación y al ensueño. No era una persona habitualmente imaginativa pero aquel instante era suyo; de su mente y de su cuerpo. Después de pararse un minuto frente al espejo terminó por vestirse, tomó su maletín y se apresuró al trabajo. Como siempre, llegaba tarde.

La universidad donde Miguel impartía clases de literatura era antigua, al igual que la mayoría de los profesores que allí trabajaban. Los alumnos solían asistir a sus clases ya que era uno de los pocos profesores que les despertaban simpatía, desde luego no por su elocuencia sino por la forma que tenía de dar clase. Por cómo les hablaba, sincero y franco.

Mientras caminaba hacia su despacho dónde le esperaba una pila de exámenes que debía corregir, sintió un escalofrío que le recorrió de arriba a abajo. El pasillo estaba repleto de estudiantes que salían de sus aulas para disfrutar de un descanso, todas aquellas miradas jóvenes lo saludaban y le sonreían. Todas menos una. De entre aquella multitud pudo ver de lejos a Raquel, apoyada contra la pared esperando a alguna de sus amigas. Ahí estaba, de nuevo aquella chica que lo había incomodado tanto en otro momento. Todos gritaban, reían y comentaban las clases, el ruido era ensordecedor. Dobló la esquina y se topó de frente con Marisa, la decana.

-Miguel, deberías haberme entregado las notas ayer, ¿se puede saber a que estás esperando?
-He tenido unos días muy atareados... He tenido que visitar a mi madre, pero ahora mismo me dirigía...
-No me des más explicaciones ¿quieres? No quiero volver a encontrarme en la situación de cada año, ahora funcionamos con parciales y son necesarios para ir cubriendo las actas
-Por supuesto Marisa, estarán listas para esta tarde- Sabía que aquello no la alentaría demasiado pero ya era protocolo
-Deberían estar listas para... Ayer.

Miguel sospechaba que nunca le había caído bien a aquella antipática señora, algo que no entendía ya que no eran muy distintos a sus ojos. Cuando por fin la perdió de vista pudo entrar en su despacho, un lugar tranquilo donde le esperaba su amada máquina de café. Decidió que debía ponerse a trabajar pronto si quería terminar aquellas correcciones antes de que el sol desapareciese y la noche lo llevase de nuevo a su apartamento, con su sofá, sus libros, su cama... Debía concentrarse o maldeciría nuevamente haberse dedicado a la docencia.

Ocho cafés, un almuerzo, tres clases y una tutoría más tarde, Miguel podía decir que había acabado su jornada. Estaba cansado y aturdido, le dolía la cabeza y aún tenía que conducir hasta su piso, así que mientras caminaba por los largos pasillos de aquella magnífica construcción de piedra pensaba únicamente en descansar, y esto fue lo que hizo que el profesor (tan despistado como siempre) no se diese cuenta de que uno de sus alumnos, también ensimismado en sus apuntes, se dirigía hacia el con rapidez sin detener su marcha.

Los papeles volaron por el aire, el muchacho se golpeó contra la pared y sus cuadernos cayeron a su lado chocando contra el maletín del profesor que se desarmó completamente dejando los exámenes, apuntes y libros desperdigados por el suelo, libres y sucios. Pero entre todo aquel caos, entre aquellos papeles y a pesar de la mirada de disculpa del chico, Miguel sólo podía centrar su atención en una cosa. Un cuaderno en particular. Un cuaderno forrado en piel marrón que había olvidado por completo y que, ahora, captaba toda su atención. Porque allí, en el suelo, entre el libro de Literatura Clásica II y un examen suspenso, estaba el cuaderno que Raquel le había entregado en el funeral de Ainhoa. El domingo Miguel no había reparado en que en cada solapa había una especie de herradura dorada, un enganche en realidad y una cinta roja muy pequeña unía ambas tapas. Sin saber exactamente porqué liberó la cerradura y dejó que el cuaderno se abriese de par en par mostrando su contenido a los profundos ojos negros de Miguel.

1 de Enero del 2008

lunes, 6 de junio de 2011

I. La entrega

Comenzaba la primavera y el paisaje era inusualmente hermoso para tratarse de un acontecimiento tan triste. Las flores que inundaban el lugar chocaban frente a los llantos de los allí presentes. El párroco hablaba ahora mientras honraban la memoria de la difunta y los pañuelos blancos parecían detenerse en el viento. En medio de todo aquel tumulto de gente se hallaba un ataúd caoba que nadie miraba, todo el mundo fijaba sus ojos en el suelo como si la tierra y la hierba pudiesen alejar la realidad de sus cabezas en aquel momento tan difícil para todos.

A Miguel le sorprendía el inmenso número de rostros jóvenes que había allí. En realidad para él Ainhoa no era más que una de sus alumnas, una de las más aplicadas por supuesto, pero al fin y al cabo una alumna. Aquello había pillado a todos por sorpresa e incluso a él, le había aturdido aunque sea durante unos minutos. Sus amigas y familiares parecían tan desolados y sin embargo él se sentía tan ajeno, tan poco implicado en aquello, como si estuviese allí por cumplir.

Durante unos minutos reparó en la madre de la chica, sostenida por otra mujer quizás unos años mayor que ella. Pensó para sí dónde estaría el padre, cuál de aquellos hombres sería el padre de Ainhoa, pero por mucho que lo buscaba allí ninguno se ajustaba al perfil que buscaba: o eran demasiado jóvenes o demasiado mayores. Miguel estaba completamente absorto en aquellos rostros cuando se cruzó con su mirada una chica bajita que pronto reconoció. Era otra de sus alumnas, indudablemente amiga íntima de Ainhoa, cuyo nombre no era capaz de traer a la mente, eran tantos sus alumnos que le resultaba imposible recordar a todos. La chica lo miraba con los ojos fijos en él, unos ojos marrones sumidos en lágrimas pero espectantes. La primavera había llenado la cara de la muchacha con unas pequeñas pecas que le otorgaban cierta inocencia aunque con seguridad esta había desaparecido hacía ya unos años. De pronto, arqueó las cejas como si fuese a decir algo, como si desde el otro lado de el grupo fuese a susurrarle algo. Mientras ella lo miraba de aquella forma tan poco entendible, Miguel sólo tenía una cosa en mente, ¿cómo demonios se llamaba la niña?

La gente comenzaba ya a dispersarse, la agonía de aquellos regresaba a sus coches dejando el lugar vacío. El profesor observó durante un rato el resto de las lápidas del cementerio, vio que algunas tenían flores hermosas y frescas mientras que otras estaban adornadas con flores marchitas. Había decidido volver a su piso cuando la chica de los ojos rotos interrumpió su marcha poniéndose frente a él.

- Pro... Profes... Miguel, hola
-Hola, como estás...
-Raquel
-¿Como estás Raquel? -. Eso es, Raquel, pensó para sí
-Bueno, no es mi mejor día, ya sabes...
-Sí, es un día difícil, lo siento mucho
-Gracias, todas estamos fatal, yo desde luego, ya sabes, era mi amiga desde antes de la universidad, colegio... instituto...

Raquel parecía preocupada y Miguel comenzaba a sentirse incómodo. Nunca se le habían dado bien estos asuntos, no era una persona demasiado empática y esto sin duda le resultaba realmente extraño. Vio que movía las manos, vacilante, como si no supiese que hacer en realidad con ellas, se planteó entonces que quizás ella estuviese tan incómoda como él.

-Escucha, prof... Miguel- Dijo mientras llevaba su mirada hacia el bolso que colgaba de su brazo izquierdo- ella, bueno Ainhoa, llevaba esto el día que ya sabes... bueno, el día que la atropellaron.

De aquel bolso salió un cuaderno forrado en piel algo desgastado por los años. Miguel no reparó demasiado tiempo en él puesto que supuso que se trataría de algún trabajo que no había llegado a entregarle. Raquel lo extendió hacia las manos del profesor mientras bajaba la mirada.

-Está bien, gracias Raquel.
-Miguel, escucha yo ... bueno ella...
-¿Si?-. Se impacientó, sabía que era un momento difícil pero deseaba llegar a casa y tumbarse en su amado sofá como cada domingo del año.
-Gracias por haber venido.
-No las des, era una buena alumna.

Ambos se despidieron allí, dejando el cementerio y las lápidas descansando en aquel triste día de primavera. El mármol blanco de la lápida de Ainhoa parecía despedirse también.