Comenzaba la primavera y el paisaje era inusualmente hermoso para tratarse de un acontecimiento tan triste. Las flores que inundaban el lugar chocaban frente a los llantos de los allí presentes. El párroco hablaba ahora mientras honraban la memoria de la difunta y los pañuelos blancos parecían detenerse en el viento. En medio de todo aquel tumulto de gente se hallaba un ataúd caoba que nadie miraba, todo el mundo fijaba sus ojos en el suelo como si la tierra y la hierba pudiesen alejar la realidad de sus cabezas en aquel momento tan difícil para todos.
A Miguel le sorprendía el inmenso número de rostros jóvenes que había allí. En realidad para él Ainhoa no era más que una de sus alumnas, una de las más aplicadas por supuesto, pero al fin y al cabo una alumna. Aquello había pillado a todos por sorpresa e incluso a él, le había aturdido aunque sea durante unos minutos. Sus amigas y familiares parecían tan desolados y sin embargo él se sentía tan ajeno, tan poco implicado en aquello, como si estuviese allí por cumplir.
Durante unos minutos reparó en la madre de la chica, sostenida por otra mujer quizás unos años mayor que ella. Pensó para sí dónde estaría el padre, cuál de aquellos hombres sería el padre de Ainhoa, pero por mucho que lo buscaba allí ninguno se ajustaba al perfil que buscaba: o eran demasiado jóvenes o demasiado mayores. Miguel estaba completamente absorto en aquellos rostros cuando se cruzó con su mirada una chica bajita que pronto reconoció. Era otra de sus alumnas, indudablemente amiga íntima de Ainhoa, cuyo nombre no era capaz de traer a la mente, eran tantos sus alumnos que le resultaba imposible recordar a todos. La chica lo miraba con los ojos fijos en él, unos ojos marrones sumidos en lágrimas pero espectantes. La primavera había llenado la cara de la muchacha con unas pequeñas pecas que le otorgaban cierta inocencia aunque con seguridad esta había desaparecido hacía ya unos años. De pronto, arqueó las cejas como si fuese a decir algo, como si desde el otro lado de el grupo fuese a susurrarle algo. Mientras ella lo miraba de aquella forma tan poco entendible, Miguel sólo tenía una cosa en mente, ¿cómo demonios se llamaba la niña?
La gente comenzaba ya a dispersarse, la agonía de aquellos regresaba a sus coches dejando el lugar vacío. El profesor observó durante un rato el resto de las lápidas del cementerio, vio que algunas tenían flores hermosas y frescas mientras que otras estaban adornadas con flores marchitas. Había decidido volver a su piso cuando la chica de los ojos rotos interrumpió su marcha poniéndose frente a él.
- Pro... Profes... Miguel, hola
-Hola, como estás...
-Raquel
-¿Como estás Raquel? -. Eso es, Raquel, pensó para sí
-Bueno, no es mi mejor día, ya sabes...
-Sí, es un día difícil, lo siento mucho
-Gracias, todas estamos fatal, yo desde luego, ya sabes, era mi amiga desde antes de la universidad, colegio... instituto...
Raquel parecía preocupada y Miguel comenzaba a sentirse incómodo. Nunca se le habían dado bien estos asuntos, no era una persona demasiado empática y esto sin duda le resultaba realmente extraño. Vio que movía las manos, vacilante, como si no supiese que hacer en realidad con ellas, se planteó entonces que quizás ella estuviese tan incómoda como él.
-Escucha, prof... Miguel- Dijo mientras llevaba su mirada hacia el bolso que colgaba de su brazo izquierdo- ella, bueno Ainhoa, llevaba esto el día que ya sabes... bueno, el día que la atropellaron.
De aquel bolso salió un cuaderno forrado en piel algo desgastado por los años. Miguel no reparó demasiado tiempo en él puesto que supuso que se trataría de algún trabajo que no había llegado a entregarle. Raquel lo extendió hacia las manos del profesor mientras bajaba la mirada.
-Está bien, gracias Raquel.
-Miguel, escucha yo ... bueno ella...
-¿Si?-. Se impacientó, sabía que era un momento difícil pero deseaba llegar a casa y tumbarse en su amado sofá como cada domingo del año.
-Gracias por haber venido.
-No las des, era una buena alumna.
Ambos se despidieron allí, dejando el cementerio y las lápidas descansando en aquel triste día de primavera. El mármol blanco de la lápida de Ainhoa parecía despedirse también.
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