domingo, 12 de junio de 2011

II. 1 de Enero del 2008

Sonó el despertador como cada mañana y como cada mañana Miguel abrió los ojos con un único pensamiento en su cabeza "menos mal que la semana universitaria acaba el jueves". El piso de Miguel permanecía siempre en un estado entre el orden y el caos más absoluto. Su cuarto, por ejemplo, era un ejemplo claro de esto último: ropa esparcida por el suelo, diversos libros, refrescos vacíos y un sin fin de objetos cuyo sitio, ante los ojos de la gente, no debería ser el suelo. Sin embargo, la sala-estudio dónde pasaba las horas leyendo, viendo la televisión o corrigiendo exámenes se encontraba siempre cuidadosamente organizado, con sus estantes repletos de libros rodeando la sala y todos aquellos cuadros que su madre había pintado cuando era joven.

Se levantó de la cama y se arrastró hacia el cuarto de baño. Dejó que el agua de la ducha recorriese su cuerpo mientras cerraba los ojos y se concentraba en disfrutar de aquel instante, la ducha era un momento para él, donde los problemas se desvanecían y dejaban lugar a la imaginación y al ensueño. No era una persona habitualmente imaginativa pero aquel instante era suyo; de su mente y de su cuerpo. Después de pararse un minuto frente al espejo terminó por vestirse, tomó su maletín y se apresuró al trabajo. Como siempre, llegaba tarde.

La universidad donde Miguel impartía clases de literatura era antigua, al igual que la mayoría de los profesores que allí trabajaban. Los alumnos solían asistir a sus clases ya que era uno de los pocos profesores que les despertaban simpatía, desde luego no por su elocuencia sino por la forma que tenía de dar clase. Por cómo les hablaba, sincero y franco.

Mientras caminaba hacia su despacho dónde le esperaba una pila de exámenes que debía corregir, sintió un escalofrío que le recorrió de arriba a abajo. El pasillo estaba repleto de estudiantes que salían de sus aulas para disfrutar de un descanso, todas aquellas miradas jóvenes lo saludaban y le sonreían. Todas menos una. De entre aquella multitud pudo ver de lejos a Raquel, apoyada contra la pared esperando a alguna de sus amigas. Ahí estaba, de nuevo aquella chica que lo había incomodado tanto en otro momento. Todos gritaban, reían y comentaban las clases, el ruido era ensordecedor. Dobló la esquina y se topó de frente con Marisa, la decana.

-Miguel, deberías haberme entregado las notas ayer, ¿se puede saber a que estás esperando?
-He tenido unos días muy atareados... He tenido que visitar a mi madre, pero ahora mismo me dirigía...
-No me des más explicaciones ¿quieres? No quiero volver a encontrarme en la situación de cada año, ahora funcionamos con parciales y son necesarios para ir cubriendo las actas
-Por supuesto Marisa, estarán listas para esta tarde- Sabía que aquello no la alentaría demasiado pero ya era protocolo
-Deberían estar listas para... Ayer.

Miguel sospechaba que nunca le había caído bien a aquella antipática señora, algo que no entendía ya que no eran muy distintos a sus ojos. Cuando por fin la perdió de vista pudo entrar en su despacho, un lugar tranquilo donde le esperaba su amada máquina de café. Decidió que debía ponerse a trabajar pronto si quería terminar aquellas correcciones antes de que el sol desapareciese y la noche lo llevase de nuevo a su apartamento, con su sofá, sus libros, su cama... Debía concentrarse o maldeciría nuevamente haberse dedicado a la docencia.

Ocho cafés, un almuerzo, tres clases y una tutoría más tarde, Miguel podía decir que había acabado su jornada. Estaba cansado y aturdido, le dolía la cabeza y aún tenía que conducir hasta su piso, así que mientras caminaba por los largos pasillos de aquella magnífica construcción de piedra pensaba únicamente en descansar, y esto fue lo que hizo que el profesor (tan despistado como siempre) no se diese cuenta de que uno de sus alumnos, también ensimismado en sus apuntes, se dirigía hacia el con rapidez sin detener su marcha.

Los papeles volaron por el aire, el muchacho se golpeó contra la pared y sus cuadernos cayeron a su lado chocando contra el maletín del profesor que se desarmó completamente dejando los exámenes, apuntes y libros desperdigados por el suelo, libres y sucios. Pero entre todo aquel caos, entre aquellos papeles y a pesar de la mirada de disculpa del chico, Miguel sólo podía centrar su atención en una cosa. Un cuaderno en particular. Un cuaderno forrado en piel marrón que había olvidado por completo y que, ahora, captaba toda su atención. Porque allí, en el suelo, entre el libro de Literatura Clásica II y un examen suspenso, estaba el cuaderno que Raquel le había entregado en el funeral de Ainhoa. El domingo Miguel no había reparado en que en cada solapa había una especie de herradura dorada, un enganche en realidad y una cinta roja muy pequeña unía ambas tapas. Sin saber exactamente porqué liberó la cerradura y dejó que el cuaderno se abriese de par en par mostrando su contenido a los profundos ojos negros de Miguel.

1 de Enero del 2008

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