lunes, 30 de abril de 2012

IV. Renacer

Se tumbó en su cama con la intención de conciliar el sueño. Pensó que el día que le esperaba sería duro, debía entregarle las correcciones a Marisa, la antipática señora. Se guareció del frío entre las mantas que cubrían su cama. Pensaba en las palabras de Ainhoa, en lo perdida que parecía sentirse. Se preguntaba qué sería lo que le   habría pasado a su padre, porqué su madre estaría tan triste, qué significado tendrían todo aquello para ella. Levantó ligeramente la mirada hacia el cuarto oscuro en el que yacía, vio la ropa amontonada por el suelo y pensó "si Ainhoa, si mi madre viese mi cuarto también enloquecería", entonces rió. Se sorprendió a sí mismo con una sonrisa ligera, tranquila.

Mientras el sueño lo iba inundando recordó la casa de sus padres, el campo. Por un momento parecía que estaba allí. Su padre leyendo libros con él, en el río. Su madre cuidando las rosas, margaritas y gladiolos que adornaban el jardín de su pequeña casa. Sentirse niño de nuevo era algo que hacía tiempo que había perdido. Durante el invierno, vivían en un piso en pleno centro de la ciudad, pero en las vacaciones se desplazaban al campo junto al resto de la familia y aunque toda ella vivía en casas distintas, siempre estaban muy cerca. Siendo niño Miguel se pasaba las horas con su padre, leyendo. Él también era profesor de universidad y disfrutaba enseñándole a su hijo todas aquellas novelas que le habían gustado tanto. La figura de su padre había sido muy importante para él y pensaba en lo duro que debía de ser perder a un padre o que un padre te abandone. También recordaba la cocina de su madre, todos aquellos pasteles que cocinaba y como olía la casa a ellos cuando los hacía. Pensó que Ainhoa tenía razón: todo olía a huevos y mantequilla. Supuso que le gustaba tanto ese olor porque su madre sólo cocinaba pasteles cuando estaba de buen humor, así que tarta había pasado a ser sinónimo de "buen día".

Poco a poco fue quedándose dormido y en algún momento dejó de pensar. El pensamiento dió lugar al sueño. Y el sueño lo transportó a una imagen. La imagen de Ainhoa , sentada en un banco, sola. Estaba rodeada de flores y en sus manos reposaba una carta. Ella miraba sus manos y parecía sonreír. El pelo castaño revoloteaba  por su cara, las ondas de su pelo revuelto parecían jugar con el viento, su piel clara parecía brillar con la luz del sol,sus ojos estaban llenos de lágrimas dejado ver un verde intenso  pero su sonrisa, era preciosa. Una de sus lágrimas cayó sobre la carta y entonces Miguel se despertó.

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