Miguel se sentía confuso, no comprendía exactamente porqué aquel diario había llegado a sus manos. En un primer momento, al recibir aquel objeto había creído que se trataba de un cuaderno, de alguna especie de trabajo. Sin duda lo que no esperaba es que la última voluntad de Ainhoa hubiese sido que su diario, aquello tan íntimo, acabase en las manos de su profesor. Tal era su abrumación que Miguel todavía permanecía en pie en medio de aquel inmenso pasillo.
Tras unos minutos postrado ante aquellas hojas todavía desplegadas, decidió alejarse por un momento de la situación. Tomó la decisión de regresar a su apartamento y descansar: olvidar por un momento el largo día que llevaba encima y la incógnita que a sus manos había llegado sin siquiera haberse percatado.
Una vez había llegado a su particular morada decidió hacerse algo de cenar, ponerse cómodo y reclamar el sueño entre las páginas de alguno de los libros que reposaban en las estanterías de su estudio. No sabía si por la lluvia que fuera decoraba las calles o si por todo lo que le había sucedido en los últimos días, Miguel sintió de nuevo un escalofrío, ese escalofrío que le recorría toda la espalda dejándolo una vez más inquieto. Nada de aquello que leía le embaucaba como había hecho antaño, de los doscientos libros que podía vislumbrar en la estantería de su estudio ninguno le otorgaba la más mínima inquietud. Sin embargo, había una idea que no salía de su cabeza: la posibilidad de leer alguna de las páginas amarillentas que guardaba el diario de Ainhona. Se preguntaba, una y otra vez sin obtener respuesta, el motivo por el cual aquel diario estaba en su poder. Ella era una alumna más y aunque era cierto que destacaba por sus excelentes notas, en el aula no era más que una ínfima persona que cada día se sentaba entre la multitud y guardaba silencio. No solía intervenir en clase, no se hacía notar. Nunca había reclamado un examen, nunca habían entablado una conversación lo suficientemente relevante cómo para confiarle su intimidad a él. ¿Quizás había algo en aquel diario que ella quería que el leyese? ¿Quizás no había sido su voluntad y era una broma de mal gusto de su amiga Raquel? Pese a las vueltas que le daba al asunto, Miguel no lograba una respuesta convincente y pese al intenso esfuerzo de este por evadirse de la idea, su cabeza tomaba otra dirección y nuevamente se encontraba en la misma encrucijada. ¿Estaría dándole demasiada importancia al asunto?
Sin saber con exactitud el motivo rebuscó entre sus apuntes hasta dar con él: observó sus tapas de piel marrones, acarició con cuidado las herraduras doradas y desanudó la cinta roja que lo mantenía cerrado. Despacito, con sumo cuidado dejó que las hojas se desplegasen con cierta ligereza, sin elegir lo que quería leer ya que en realidad, le daba igual. Ante sus ojos, la misma letra que hacía horas había leído.
"9 de Enero de 2008"
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